10. EL PROCESO DE URBANIZACIÓN EN EL PLANETA. REPERCUSIONES AMBIENTALES Y SOCIOECONÓMICAS.

1.- INTRODUCCIÓN

La existencia de ciudades es un hecho muy antiguo, que se halla presente en las principales civilizaciones humanas. Desde las ciudades seculares o milenarias del cercano Oriente hasta las actuales ciudades de los países desarrollados, fruto de la industrialización, hay toda una variada gama de conjuntos urbanos que reflejan la diversidad de la cultura y la organización de las sociedades humanas.
La importancia del hecho urbano en las sociedades del pasado y del presente justifica que una rama de la Geografía Humana lo haya seleccionado como objeto de estudio. La Geografía Urbana estudia la ciudad en sus aspectos preferentemente espaciales, tanto en el espacio edificado como en las actividades humanas o en las características socioeconómicas de sus habitantes, haciendo especial referencia a la morfología, estructura, funcionalidad y a las transformaciones históricas, así como a su organización interna (sistema intraurbano) y su relación con el entorno (sistema interurbano).

La dificultad de análisis del fenómeno urbano surge ya cuando intentamos definirlo. Ha habido dos grandes perspectivas teóricas utilizadas en su delimitación conceptual:
· desde la Sociología Urbana la ciudad se considera como un medio ecológico opuesto al campo, a lo rural. Los medios urbano y rural aparecerían así como dos realidades enfrentadas entre sí
· desde la perspectiva historicista, los conceptos rural y urbano serían relativos, y sólo podrían ser comprendidos en cada momento histórico concreto. La ciudad debe ser comprendida como un proceso, cuyas características han ido modificándose con la propia historia de la humanidad

En nuestro estudio abordamos ambas perspectivas, para tratar de dar una visión lo más completa posible. Con todo, es evidente que, dado el propio epígrafe del tema (“Proceso de urbanización”), hay que centrarse más en los procesos históricos, estudiados fundamentalmente por la perspectiva historicista. Para completar la visión, algunos de los aspectos sistémicos planteados por las perspectivas sociológicas se irán introduciendo al ir desarrollando este proceso.

En nuestro mundo actual habría que diferenciar además las ciudades de los países desarrollados y las de los subdesarrollados, que se han desarrollado en contextos socioeconómicos, políticos y culturales muy diferentes al de los países capitalistas más desarrollados. En cualquier caso, el tema analiza la evolución de la urbanización en las sociedades avanzadas, abordando en la medida de lo posible las diferencias con las ciudades de los países subdesarrollados, y abriendo un breve apartado para señalar algunas de las características esenciales de éstos.
2.- EL CONCEPTO DE LO URBANO

La ciudad es hoy un hecho geográfico de primera magnitud, y su estudio y conocimiento resultan imprescindibles para una mejor comprensión del mundo actual. Con todo, y aun siendo el medio habitual en que nos desenvolvemos, nos resulta difícil su definición. Como ya se ha señalado, dos han sido las vías conceptuales que han intentado dar una respuesta coherente al problema:
· la primera, entroncada con la Sociología Urbana, propone referirse a la ciudad y a lo urbano como a un hecho y a un fenómeno con características propias y permanentes
· por el contrario, la perspectiva historicista define ambos conceptos de forma relativa, estableciendo una relación con la sociedad concreta donde ambos se desarrollan

Esta cuestión, que puede parecer simple, no es sin embargo baladí:
· la concepción de carácter sociológico plantea la idea de la separación radical de los conceptos rural y urbano como dos realidades contrapuestas y enfrentadas radicalmente entre sí. Según L. WIRTH, lo que distinguiría el modo de vida urbano del rural serían tres diferencias que se dan entre la ciudad y el campo, relativas al tamaño, densidad y heterogeneidad de la población. Mientras las relaciones propias del mundo rural serían de carácter primario, las relaciones entre los individuos de la ciudad, al vivir en agregados humanos que superan un determinado tamaño de población, serían de carácter secundario, definidas por el propio WIRTH como relaciones “impersonales, superficiales, transitorias y segmentadas”.
En relación a los otros dos rasgos urbanos, la elevada densidad de población y la heterogeneidad social, introducen mecanismos de competencia que conducirían a la segregación social en el espacio: los individuos en el medio urbano vivirían físicamente próximos, pero separados de acuerdo a la estratificación social.
Estos factores explicarían la diferenciación interna de la ciudad frente a la mayor homogeneidad del campo. Así, de acuerdo con esta definición de WIRTH, un nuevo individuo social, de carácter segmentario y esquizoide, en lucha permanente frente a los demás, surgiría en el marco urbano, en franca oposición a la visión idílica de la comunidad rural, integrada por individuos cooperativos y solidarios
· frente a este planteamiento, donde se supone que la existencia de un marco ecológico, como es la ciudad, produce una forma de vida y de relaciones sociales, existe otro, entroncado con una visión historicista de la ciudad, que invierte los términos de la propuesta: no sería la ciudad la que determinaría la relación social, sino que es por el contrario la organización social la que provocaría la aparición de un tipo de ciudad, acorde con su propia lógica de funcionamiento. Este concepto de lo urbano tendría un carácter dinámico, que se opone a lo que se considera como algo definido de forma permanente.
Se refiere así al concepto de fenómeno urbano. De acuerdo con esta visión historicista de la ciudad, ésta no debería ser considerada como una entidad fija, sino como reflejo de una forma particular de la civilización. De esta forma sería imprescindible separar (en los países desarrollados) la etapa preindustrial de las posteriores. Antes de la Revolución Industrial la ciudad estaba claramente delimitada en el espacio, amurallada frente a lo que se consideraba el campo, permitiendo establecer una dicotomía nítida entre lo rural y lo urbano. Lo rural iría indefectiblemente unido a la actividad económica del sector primario y a su modo de vida consecuente, mientras la ciudad concentraría, fundamentalmente, la actividad del sector servicios, convirtiéndose en el centro organizador y dominador del territorio circundante. El proceso de industrialización masivo que acompañó a la Revolución Industrial habría concentrado en la ciudad los principales factores productivos, haciendo crecer su tamaño y despoblando los núcleos rurales y urbanos más pequeños para, en una segunda etapa, difundir el carácter urbano por todo el territorio. La sociedad se ha urbanizado, así, de forma tan total que ha impuesto sus modos de vida de forma absoluta

Este proceso de urbanización, creciente en todo el mundo, ha seguido caminos diferentes, en función del desarrollo económico de cada país e incluso de las propias tradiciones culturales o ideología política (hoy día ya no es tan operativa, pero la distinción de las ciudades “occidentales” y las “socialistas” también fue significativa): la concentración progresiva de la población en ciudades esconde actualmente realidades muy dispares, y se ha realizado a ritmos claramente diferenciados. En los países desarrollados, el crecimiento ha disminuido en el momento presente e incluso puede hablarse de una desurbanización y disminución de la población en las grandes aglomeraciones urbanas. Este hecho contrasta con los espectaculares ritmos de crecimiento que actualmente soportan las ciudades de los países subdesarrollados, en un proceso en el que la urbanización no se ha dado paralelamente al desarrollo de la producción y la industria, y donde se agravan cada día más diversas problemáticas, como el chabolismo, que llega a suponer hasta el 71% de la población urbana del África subsahariana.
Como hemos ido viendo, se ha dado un incremento de la urbanización en la sociedad actual. El problema que se plantea es cómo se puede medir objetivamente. Para medir la tasa de urbanización (porcentaje de población que vive en las ciudades) de un país o un territorio es preciso separar nítidamente lo que se entiende por núcleo urbano de lo que no lo es y constituiría el núcleo rural. Para establecer qué se entiende por ciudad hay que aludir a criterios cuantitativos (o estadísticos) y cualitativos:
· desde un punto de vista cuantitativo (los criterios que se basan en cifras) hay una gran arbitrariedad a la hora de establecer un límite entre lo urbano y lo rural. Con todo, la mayoría de autores establecen unos criterios que ayudan a facilitar la separación, aceptándose tradicionalmente tres: volumen de población, densidad de población y tipo predominante de actividad económica. Como se puede apreciar, coinciden básicamente con las características urbanas que establecía WIRTH para definir su concepto de lo urbano.
El principal criterio hace alusión al volumen mínimo de población necesario para diferenciar los asentamientos urbanos de los rurales. Sin embargo, el diferente estado de urbanización de los distintos países y las diferentes concepciones de lo urbano han llevado a considerar, según los censos de población, diferentes umbrales en este volumen mínimo. Así, la oscilación es muy grande, desde los 200 habitantes que se consideran en Suecia o Dinamarca hasta los 30.000 habitantes en Japón. Para el caso español, el Instituto Nacional de Estadística establece que son poblaciones urbanas los municipios de más de 10.000 habitantes. En el polo opuesto, considera poblaciones rurales las que tienen menos de 2.000 habitantes. Las poblaciones que se sitúan entre estos 2.000 y 10.000 habitantes se consideran intermedias. Con todo, el criterio es incompleto, puesto que contabiliza la población de todo el término municipal, pero pueden darse casos de municipios con población dispersa (como en Galicia) o concentrados en un gran núcleo (como algunos de Andalucía o Extremadura) que, sin embargo, por su aspecto y funciones son claramente rurales, pero que se contabilizarían como urbanos por su número de habitantes. Por el contrario, hay pequeñas ciudades que no alcanzan los 10.000 habitantes (algunas del centro y del norte), que, de acuerdo con este criterio, serían consideradas como núcleos rurales.
Así, el criterio del volumen de población es muy diferente según países, y además no es preciso, por lo que algunos países, como la India, complementan este criterio con otros, considerando como ciudad a todo asentamiento con un mínimo de 5.000 habitantes, pero incluyendo también que tengan una densidad de población superior a 390 habitantes por kilómetro cuadrado, y que un mínimo del 75% de su población activa masculina se ocupe en actividades no agrarias.

Con todo, la problemática es muy amplia y conduce a casos difíciles de clasificar. ¿Cómo se calificarían las ciudades de los países subdesarrollados, donde la población urbana debe, en muchos casos, practicar la agricultura a tiempo parcial como ayuda para la subsistencia? ¿O los trabajadores de una gran aglomeración de un país desarrollado que eligen habitar en lugares de reducido tamaño, alejados de la zona urbanizada, pero bien comunicados por transportes eficaces que les permiten acceder a su lugar de trabajo, lejos de su lugar de residencia?. Por tanto, los criterios cuantitativos son operativos hasta cierto punto, pero no pueden dar cuenta de todas las realidades, por lo que hay que completarlos con criterios cualitativos

· desde el punto de vista cualitativo se pueden establecer criterios para definir la ciudad que se basan en características morfológicas, funcionales, sociológicas y espaciales:
·· el criterio morfológico incide en el aspecto formal de la ciudad, que viene dado por la alta densidad de edificación y de población y por el tipo de edificaciones, generalmente colectivas y en altura
·· el criterio funcional se basa en las actividades económicas urbanas (industria y servicios), que son principalmente distintas de las agrarias
·· el criterio sociológico define la ciudad por poseer una cultura urbana (estructuras familiares menos tradicionales, relaciones sociales diversificadas...). Sin embargo, esta cultura ya se ha difundido también al campo a través de los medios de comunicación y de la expansión de la ciudad por el área rural. Así, las diferencias de este tipo entre ambos espacios son cada vez menores
·· el criterio espacial se basa en la capacidad de la ciudad de organizar el espacio que la rodea, es decir, de ejercer su influencia sobre otros núcleos de población y de interrelacionarse con otras ciudades. La amplitud de la influencia urbana viene dada por el tamaño de la ciudad y por la variedad de funciones que ejerce

Con todo lo visto, se puede tratar de definir operativamente lo urbano, si bien sin una gran precisión. Así, hay que concebir el fenómeno desde una perspectiva más amplia que nos permita comprender esta realidad en relación con la evolución social, económica y política de la sociedad en la que se inserta y por tanto, hay que estudiar en primer lugar el proceso de urbanización.


3.- EL PROCESO DE URBANIZACIÓN

El proceso de urbanización se define como la “progresiva concentración en la ciudad de la población, de las actividades económicas y las innovaciones más destacadas, así como la difusión de estos procesos hacia el entorno”[1]. Además, se puede definir también como “un conjunto de mecanismos que hacen aparecer un mundo dominado por la ciudad y sus valores”[2]. En este proceso se pueden diferenciar (para los países desarrollados), varias etapas (preindustrial, industrial y postindustrial, e incluso las últimas tendencias de desurbanización).

Con todo, antes de abordar estas etapas, puede ser interesante hacer algunas precisiones conceptuales:
· según ESTÉBANEZ, en el proceso de urbanización hay que diferenciar dos hechos: el crecimiento urbano y la urbanización:
·· el crecimiento urbano es un proceso espacial y demográfico, y hacer referencia a la importancia creciente de las ciudades como concentraciones de población y recursos en un sistema económico y social determinado
·· el término urbanización es un proceso aespacial y se refiere sólo a los cambios en el comportamiento y en las relaciones sociales que se producen en la sociedad como resultado de vivir un número creciente de personas en las ciudades. Esto es, se refiere fundamentalmente a los complejos cambios de estilo de vida que surgen como consecuencia del impacto de las ciudades en la sociedad

Con todo, es evidente que, durante mucho tiempo, eran interdependientes y se producían en el mismo espacio geográfico, esto es, aparecía un modo de vida específico conforme la población emigraba del campo y se dirigía a la ciudad. Por ello, el término urbanización se empleó (y todavía se sigue utilizando) para expresar a la vez el crecimiento de las ciudades y el impacto de las mismas en el conjunto de la sociedad. Es desde la 2ª guerra mundial, y especialmente en los países desarrollados, cuando ambos procesos pueden darse por separado en el espacio, ya que se piensa que la llamada urbanización supone la adopción de valores ligados a los de la modernidad que dependen más de las características personales (clase social, estilo de vida, ciclo vital) que del lugar en que viva una persona. Así, pueden aparecer en la ciudad personas y grupos que son realmente campesinos, por seguir enraizados a los valores tradicionales, mientras, por otra parte, en el medio rural habitan personas que tienen comportamientos y actividades que se identifican con la cultura urbana.

· desde la 1ª guerra mundial, y sobre todo desde la 2ª, se producen dos hechos decisivos en el mapa del mundo, y que hoy están en proceso de transformación en sus implicaciones políticas y económicas, en el marco de la actual globalización:
·· la proliferación del número de naciones, que hacen que se pase de una división geopolítica simple a un mosaico de casi 200 naciones
·· el aumento, tanto en número como en tamaño, de las ciudades, que suponen el paso de un modelo de organización espacial sobre la base de un sistema de ciudades simple y con escaso número de grandes ciudades (casi todas ellas en los países desarrollados) a otro en el que el mundo está, cada vez más, organizado por un número creciente de ciudades, algunas de ellas muy grandes, con una fuerte representación en los países subdesarrollados. Esto es, de una organización del espacio elemental, que respondía a las necesidades de una sociedad predominantemente agraria y rural, se pasó a una organización más compleja en la que las ciudades albergan cada vez un número mayor de la población mundial y cuyo papel en la economía-mundo es cada vez más importante. Desde el ámbito de la geografía política, algunos autores, como TAYLOR y FLINT, plantean el concepto de ciudades mundiales, que, según ellos, “están empezando a alcanzar algunas formas nuevas de independencia respecto a los Estados territoriales, lo que los convierte en algo muy relevante para [la] geografía política”[3]. Así, llegan incluso a señalar que el mapa de las ciudades mundiales está sustituyendo al mapa político mundial en cuanto estructura espacial crucial de la política mundial. Serían así el núcleo de la globalización geográfica, en cuanto son el punto de contacto entre el sistema interestatal y el capital transnacional, un marco donde se entremezclan de forma indeleble la economía y la política, y que pueden definirse desde el punto de vista geográfico como “la expresión contemporánea de la contradicción entre el espacio continuo en el que opera el capital y el espacio territorial de la política”[4]. Así, llegan a hablar de una metageografía, en el sentido de una nueva forma de concepción de la organización de la humanidad en la superficie terrestre. Si en el mundo moderno hemos aprendido a pensar en términos de países, esto supone que vemos el mundo como un mapa de límites fronterizos, el mosaico de países pintados de colores diferentes que vemos en los atlas. Por el contrario, el mapa de ciudades mundiales[5] da una imagen muy distinta del mundo, al representar los puntos (que representan a las ciudades mundiales) nodos de un espacio mundial de flujos, oscurecido por nuestro pensamiento estadocéntrico, pero que está presente desde el inicio del sistema-mundo (WALLERSTEIN).

Una vez visto hacia dónde se dirige el proceso de urbanización, vamos a ver las etapas que pueden diferenciarse en el proceso, y que, desde los orígenes del fenómeno urbano, llevan hasta esta situación actual. Para ello diferenciamos la urbanización preindustrial, la industrial y la postindustrial, y por último vemos las tendencias actuales de desurbanización que se están dando ya en los países desarrollados.

3.1.- La urbanización (la ciudad) preindustrial

La ciudad preindustrial es aquella que se encuentra en una etapa de desarrollo anterior a la industrialización. Así, abarca desde el origen de las ciudades hasta el inicio de la Revolución Industrial. Si bien, como se hace en algunos manuales, podrían diferenciarse diferentes subetapas, vamos a dar una visión general.
Durante esta etapa, la urbanización fue modesta: la tasa de urbanización no superaba el 10% de la población, y se mantenía estable, al ser el crecimiento de la población urbana paralelo al de la rural.
En las sociedades avanzadas esta ciudad preindustrial coincide con la parte de la ciudad actual denominada casco antiguo o histórico. El crecimiento de esta parte de la ciudad se gestó durante un largo período de tiempo, quedando en ella la impronta y el legado de culturas muy diversas. En algunas ciudades el núcleo de la ciudad preindustrial ocupa hoy día una buena parte de su perímetro edificado. Son aquellas en las que a su origen antiguo suman el hecho de no haberse desarrollado apenas tras la explosión de la ciudad industrial. Por el contrario, existen otras ciudades sin apenas pasado o donde es muy difícil reconocer las huellas de éste.
La ciudad preindustrial era fruto de la organización social anterior a la revolución industrial. En estas sociedades, la diferenciación social de la estructura de clases era aun limitada. Junto a la cúspide jerárquica (política y/o religiosa) existían otros grupos sociales, como comerciantes, artesanos y campesinos. Estas sociedades preindustriales eran fundamentalmente rurales y la ciudad representaba el centro de administración del territorio, donde el excedente más importante procedía del campo. El dinamismo de la ciudad era lento y dependía en gran manera de la producción de alimentos, lo que suponía que en épocas de abundancia se produjese un incremento demográfico. El aumento de la producción y de los excedentes alimentarios facilitaba el desarrollo de las actividades transformadoras y del comercio, diversificando la sociedad y permitiendo el crecimiento de la población y de la ciudad. Con todo, es evidente que, en una sociedad de equilibrio tan precario, sujeta a la existencia de continuas malas cosechas, hambrunas, pestes y guerras, los vaivenes del desarrollo y decadencia o estancamiento fueran muchos.

La situación y emplazamiento de la ciudad preindustrial tienen mucho que ver con su función dentro de la sociedad anterior a la Revolución Industrial:
· la situación (ubicación) de la ciudad respondía a una serie de factores que tenían que ver con su entorno geográfico más amplio, y respondían al control de las rutas más importantes que facilitaban los desplazamientos de hombres y mercancías. Eran fundamentalmente estratégico-militares (control del territorio por la ciudad), político-administrativos (sede del poder político y base para la organización del territorio), económicos (controlaba los recursos del entorno y desarrollaba actividades comerciales y artesanales) y religiosos (era la sede del poder religioso)
· el emplazamiento, o espacio concreto o material sobre el que se asienta la ciudad, era fundamentalmente defensivo, y suponía una adaptación de la misma a las características del medio físico, sobre todo a la topografía

En cuanto a la estructura (relación entre las diversas partes) y morfología (forma) de la ciudad, eran un reflejo de la sociedad donde se desarrollaba. La estructura social explica la presencia de elementos urbanos diversos. El ejercicio del poder por una clase dirigente es fácilmente reconocible en la existencia de espacios diferenciados, donde se instalaban palacios y templos, y que normalmente constituían el centro urbano. Allí se situaban las mejores viviendas, que han resistido mejor el paso del tiempo.
En cuanto a la morfología, el plano de la ciudad es el elemento más duradero. El casco antiguo ha conocido a veces un largo desarrollo histórico y su plano y trama urbanos reflejan fielmente sus vicisitudes. En la mayoría de los casos, el periodo medieval es el que mejor refleja su influencia sobre el plano actual de la ciudad. El lento crecimiento urbano queda plasmado en la irregularidad de su trazado, en unas ciudades donde las murallas delimitaban con nitidez la separación campo-ciudad, y donde cumplían con su doble finalidad defensiva y fiscal (además de la sanitaria para las cuarentenas durante las epidemias). El crecimiento de la ciudad se producía extramuros, en los denominados arrabales, que iban siendo englobados en el interior de la ciudad tras las ampliaciones del recinto amurallado. Así, en muchas ciudades son fácilmente reconocibles las sucesivas expansiones. La antigua trama de la ciudad preindustrial es perfectamente observable en los cascos antiguos de muchas ciudades actuales. En algunas ciudades pequeñas sigue conservando un peso importante, y, en cualquier caso, constituye el elemento de referencia más importante de la ciudad. Las nuevas necesidades impuestas tras la Revolución Industrial han convertido sin embargo a esta parte de la ciudad en una rémora, debido a la rigidez de su trazado, poco apto para el tráfico. Sus funciones dominantes son la residencial, la de ocio, y la turística. Por otra parte, su accesibilidad y prestigio las han convertido en uno de los lugares más codiciados de la ciudad para la realización de operaciones de remodelación, que en ocasiones han hecho desaparecer parte de la antigua trama viaria.

3.2.- La urbanización (la ciudad) industrial

El desarrollo explosivo de las fuerzas productivas que acompañó a la Revolución Industrial constituyó un elemento clave en la transformación de la ciudad. Desaparecen las cercas o murallas que delimitaban la ciudad, y su crecimiento tendrá lugar hasta límites insospechados. Esta etapa se extiende, según países, desde principios o mediados del XIX a mediados o finales del XX. En ella se da un gran crecimiento de la tasa de urbanización, al superar el incremento de la población urbana el de la rural.
Es evidente la importancia del despegue industrial y su relación de interdependencia con el desarrollo de los transportes, el crecimiento de la población y la revolución agraria. Así, el industrialismo crecerá de forma paralela a la urbanización, y la fábrica se convertirá en el elemento básico del nuevo organismo urbano. Además, las leyes de la libre competencia y del mercado fueron imponiendo su peso en la nueva organización urbana de la ciudad. Mientras las fábricas se habían instalado cerca de los ríos, no existían problemas para aislar las industrias más nocivas o molestas lejos de las viviendas. Sin embargo, la nueva ciudad industrial iba creciendo sin un plan funcional, y el agrupamiento de industrias y viviendas tenía lugar sin orden ni concierto. Las familias que abandonaban el campo, atraídas por el trabajo industrial, debían alojarse en las nuevas construcciones erigidas en la periferia, en extensas barriadas carentes de los más elementales servicios urbanísticos. Las condiciones sanitarias e higiénicas llegaron a ser tan insoportables que pronto se alzaron voces para mejorar la situación, y no sólo entre los propios trabajadores, sino también entre miembros de la burguesía, temerosos de que la lamentable situación encendiera la mecha de la revolución social. En este contexto, surgen dos líneas de actuación claramente diferenciadas:

· una pretendía aproximarse a los problemas del urbanismo moderno a partir de un modelo ideológico global, con un cambio radical y utópico en las las soluciones planteadas. Las principales aportaciones de este urbanismo utópico son de muy diversa índole, destacando las de Robert Owen, Charles Fourier, Benjamin Richardson o Eugene Cabet. Todos estos reformadores sociales planteaban un modelo de ciudad ideal, basados en la geometría “natural”. Eran capaces de integrar el mundo del trabajo y de la vivienda y de dar respuesta, mediante servicios colectivos, a las diversas necesidades humanas. Así se plasmaron la célula urbana autosuficiente de Owen, el falansterio de Fourier, la Hygeia de Richardson o la Icara de Cabet.
Sin embargo, la materialización práctica de la mayoría de estas ideas, que pretendían transformar al hombre modificando su entorno urbanístico, condujeron al fracaso. Su gran error consistió en ofrecer soluciones abstractas y esquemáticas, carentes de una valoración realista de los vínculos existentes entre los programas urbanísticos y el desarrollo general de las relaciones económicas y sociales. Su visión utópica de la realidad les llevó a confundir e identificar el ordenamiento urbanístico y el ordenamiento social. Suponían que la complejidad de la vida social podía ser encorsetada en determinados proyectos urbanísticos, que funcionaban sin problemas en la mente de sus promotores, como si se tratara de idílicos monasterios religiosos, donde sus moradores desarrollarían las diversas funciones de la vida humana de forma autosuficiente

· la segunda línea trataba de enlazar con el propio desarrollo de la ciudad industrial, buscando en la técnica la solución parcial de los defectos observados. Surgen así soluciones reales, que suponen las verdaderas transformaciones urbanísticas de la ciudad del XIX.
La importancia de la ciudad como mercado potencial de consumo explica que no sólo crecieran los nuevos centros fabriles o aquellas ciudades situadas en la proximidad de yacimientos mineros, sino que también lo hicieron ciudades antiguas. Así, ciudades como París, Bruselas o Berlín, que no disponían de puertos de importancia ni fueron la cuna de la Revolución Industrial, se beneficiaron de las nuevas circunstancias derivadas de la producción masiva. Incluso en España, pese al fracaso (al menos relativo) de la Revolución Industrial, podemos encontrar ciudades, como Madrid o Barcelona, que vieron incrementar su población a un ritmo desconocido hasta entonces, y tuvieron que plantearse el problema de acondicionar la ciudad a las nuevas necesidades que el progreso tecnológico demandaba.
La congestión y la precariedad de las condiciones de vida en los cascos de las ciudades obligaron a las autoridades a plantear soluciones drásticas. En unos casos, los esfuerzos se dirigieron a mejorar las condiciones higiénicas y sanitarias de la propia ciudad, mediante la construcción de alcantarillado, la provisión de agua, la limpieza urbana, la pavimentación o el traslado de los cementerios al exterior de la ciudad. Otras soluciones parciales fueron la reforma interior de las ciudades, destinada a la ampliación de la anchura de las vías principales para permitir una mayor fluidez de tráfico (que exigía la propia Revolución Industrial). También se acometió la construcción en altura, que tuvo como consecuencia la densificación excesiva de la vivienda.
Dos fueron los grandes modelos urbanísticos que surgieron como oposición al modelo progresista de los utopistas: el modelo de los Ensanches burgueses y el denominado modelo culturalista:
·· la gran contribución de la burguesía al urbanismo del XIX fue la edificación de los Ensanches. Las cercas y murallas que encorsetaban la ciudad fueron demolidas, y se inició, enlazando con el casco antiguo anterior, la construcción de un nuevo área de ciudad planificada. Un ejemplo característico sería la ciudad de Nueva York, cuyo plan de extensión de 1811 preveía establecer, sobre el conjunto de la isla de Manhattan, una inmensa red cuadrangular de avenidas y calles que se cruzaban perpendicularmente. Frente a un casco antiguo construido de forma inconexa se ofrecía a la expansión de la ciudad una superficie preparada bajo unas directrices concretas.
Una solución similar fue utilizada en Europa, mediante la planificación y posterior edificación de un conjunto de ensanches en algunas de las principales ciudades, como Atenas, Amsterdam, Madrid o Barcelona. En unos casos, la solución fue el damero rectangular puro, más o menos condicionado por las necesidades del terreno o por los núcleos edificados que habían surgido en el exterior de la ciudad a modo de arrabales. En otros casos, como en Barcelona, la retícula ortogonal era atravesada por dos diagonales que estructuraban el nuevo tejido urbano en torno a dos orientaciones superpuestas.
Caso especial es el del París de Napoleón III, quien decidió hacer de ella la capital de las capitales. Para ello Haussman diseñó una ambiciosa política urbanística, cuyo resultado fue la creación de una vasta red de arterias que configuraban el territorio de la ciudad, tanto en el centro como en la nueva zona periférica en expansión. A la trama existente se le sobreimpuso una nueva estructura urbana, hecha de bulevares, avenidas y largas calles, jerarquizando las nuevas vías en orden superior a las antiguas.
En otro orden de cosas, los Ensanches hicieron posible la materialización de grandes negocios inmobiliarios, al calificar como suelo urbanizable vastas extensiones de terrenos, que llegaron a producir plusvalías desorbitadas. Además, estos nuevos barrios residenciales sufrieron una excesiva especulación, que originó una densificación muy superior a la definida en la planificación. El caso de Madrid es paradigmático: concebido su ensanche para la acomodación de clases de variado nivel social, la falta de control urbanístico produjo fuertes abusos y el consecuente aumento de los precios y de los índices de edificación. El resultado fue la marginación de las clases trabajadoras de inferiores recursos, que, sin posibilidades económicas de acceso a la vivienda, fueron expulsadas al exterior de la ciudad. Así, se produjo la segregación de la población en dos áreas: una planificada, la del ensanche, lugar de residencia de la clase burguesa, y otra de edificación espontánea en el extrarradio o en los barrios obreros nacidos al amparo de la revolución industrial. Algo similar ocurrió en Barcelona, donde puede apreciarse con claridad la densificación progresiva de las manzanas del Ensanche de Cerdá[6].
Frente al ensanche, el crecimiento de los núcleos de la periferia, y su posterior empaste con el ordenado tejido de aquel, puede verse con claridad en los planos de Madrid y Barcelona de comienzos de siglo[7]
·· el segundo modelo urbanístico que aparece como oposición al modelo progresista de los utopistas fue el denominado modelo culturalista, que concebía la ciudad sin prototipos ni estándares definidos de antemano. Cada edificio debía ser diferente a los demás, para expresar su carácter único. La clave del modelo no era ya el concepto de progreso, sino el de cultura, y la estética predominaba sobre la higiene y la uniformidad. El modelo cultural surge por tanto como una reacción a la pretendida homogeneización urbanística característica del industrialismo

· En un lugar intermedio entre las líneas de pensamiento urbanístico utópicas y las “realistas” surgen otros modelos de ciudad. El modelo de Ciudad Jardín de Ebenezer Howard compartía puntos de vista con ambas. Por una parte, en conexión con el modelo utopista, era concebida como una “célula viva”, aislada y rodeada de un cinturón verde, capaz de albergar a un número limitado de habitantes, lo que hacía que la población excedente debía habitar una nueva ciudad, situada a una distancia suficiente de la anterior, y así sucesivamente. Por otra parte, pertenece también al modelo culturalista, debido a la preeminencia que en ella se concedía a los valores comunitarios de la relación de las personas.
Además, la concepción de Howard se adaptaba a las posibilidades del sistema económico entonces imperante y era, por ello, realista y factible de ser construida. La ciudad se limitaba en tamaño y número de habitantes, e incluso se especificaban las hectáreas que se dedicaban a la agricultura. El núcleo se disponía en anillos concéntricos, alrededor de un centro cívico, en el que se reunían los edificios públicos rodeados de un gran parque. El anillo siguiente correspondía a la zona residencial, y estaba subdividido en dos por una avenida circular, en cuyo centro se situaban iglesias, escuelas y otros edificios comunes. En el último anillo se emplazaba la industria, servida por un ferrocarril periférico.
Las ideas de Howard triunfaron y se constituyeron compañías encargadas de construir ciudades. Así se edificaron Welwyn o Letchworth, con una concepción más abierta que las comunidades cerradas y estáticas de los utopistas progresistas.

Mención especial merece la aportación de Arturo Soria, realizada en Madrid a finales del XIX y comienzos del XX. Proponía el establecimiento Ciudades Lineales, con un carácter integrador, donde ricos y pobres pudieran vivir juntos, dentro del planteamiento utopista de la época.
La solución, sencilla, establecía los principales servicios urbanos a lo largo de una vía de transporte lineal. La Ciudad Lineal uniría dos ciudades antiguas. Estaba constituida por una franja urbanizada siguiendo un eje formado por una calle central. En el subsuelo de esta vía central se albergarían todas las conducciones de servicios urbanos, como agua, alcantarillado y electricidad. En la superficie se establecerían, intermitentemente, los verdaderos centros de la vida común, coincidiendo con las estaciones de parada de los trenes, el comercio y los servicios públicos. A ambos lados de este eje central se dispondrían bandas de terreno edificable, divididas en manzanas rectangulares por vías secundarias perpendiculares a la principal. Finalmente, dos bandas más extensas, plantadas de bosque, servirían de transición entre la ciudad y el terreno natural, donde habría agricultura y podrían instalarse los establecimientos industriales. El resultado final sería la triangulación del espacio mediante cintas urbanizadas que unirían entre sí las ciudades preexistentes.
Siguiendo las tendencias naturalistas de la época, Arturo Soria planteaba que la edificación fuera dispersa y las viviendas unifamiliares, aisladas en medio de la vegetación.

En un estadío intermedio entre la ciudad industrial y la postindustrial se encontraría, correspondiendo con una nueva era tecnológica, la que Lewis MUMFORD definió como ciudad neotécnica, en oposición a la anterior o paleotécnica. Venía marcada por los nuevos descubrimientos técnicos como la electricidad o el motor de explosión, que transformaron la organización empresarial o el mundo del transporte y de las comunicaciones (desarrollo del automóvil, radio, teléfono...), revolucionaron la forma de producción y fomentaron el auge del sector terciario.
Estas circunstancias, agravadas por la mecanización progresiva de los trabajos agrícolas, reforzaron el tradicional éxodo rural hacia la ciudad, provocando dos fenómenos paralelos: el aumento de la población y su concentración en aglomeraciones urbanas, cuyo proceso de crecimiento era continuo. Desde finales del XIX las ciudades comenzaron a transformarse para responder a la nueva funcionalidad que demandaba el sistema productivo. En el centro de las ciudades (sobre todo norteamericanas) se multiplicaron las construcciones en altura, sirviéndose de las tecnologías de las construcciones metálicas. En esta parte de la ciudad se concentraban los servicios terciarios de mayor peso. En Europa la construcción en altura sólo alcanzará su plenitud a mediados del XX, con la recuperación económica posterior a la 2ª guerra mundial.
Paralelamente se comienza a producir en la ciudad la segregación de los usos del suelo más tradicionales (residencia, industria). El centro de la ciudad había sido el lugar preferido para residir por las clases superiores, pero la tendencia se invierte, y el suburbio se convierte en el nuevo espacio residencial preferido por las clases medias y altas. El fenómeno es general en Estados Unidos y más parcial en Europa. Hasta 1920 en Estados Unidos y 1945 en Europa el desarrollo de los extrarradios dependía de la conexión con la ciudad por metro, tren o tranvía. El resultado era una ciudad discontinua, cuyos núcleos de aglomeración en la periferia se agrupaban en torno a las estaciones y estaban separados totalmente del resto de áreas rurales. Con la generalización del automóvil, el extrarradio se convertirá en un inmenso espacio difuso, en perpetuo crecimiento, capaz de devorar las áreas rurales más alejadas.

3.3.- La urbanización (la ciudad) postindustrial

El desarrollo urbano actual hace difícil en ocasiones conocer donde termina una ciudad y dónde comienza una nueva. La existencia de funciones urbanas en zonas muy alejadas del núcleo central de la ciudad, sin una continuidad morfológica, complica aun más la situación. Así, para describir mejor la realidad urbana se han tenido que crear nuevos conceptos que tratan de reflejar esta creciente complejidad, entre los que destacan conurbación, región urbana, área metropolitana, ciudad región o megalópolis:
· la conurbación es un área urbana continua formada por el crecimiento paralelo de dos o más ciudades hasta unirse. Cada ciudad de la conurbación mantiene su independencia. El factor de fusión suele ser un eje de tráfico
· la región urbana es un área urbana discontinua, integrada por ciudades dispersas (nebulosa urbana), pero lo suficientemente densa como para que todo el territorio posea características urbanas. Funcionalmente las ciudades forman un espacio unitario
· el área metropolitana es una gran extensión urbana que rodea a una ciudad importante y abarca administrativamente varios municipios, entre los que existen importantes relaciones económicas y sociales. Está presidida por una ciudad importante, cuya actividad económica se proyecta al exterior y origina el área. Entre la ciudad central y los núcleos del área se establecen relaciones económicas y sociales, y es fundamental la existencia de una red de comunicaciones para garantizar la relación entre los núcleos que la forman.
· la megalópolis surge cuando la urbanización alcanza escala suprarregional. Está constituida por diversos elementos urbanos (áreas metropolitanas, conurbaciones, regiones urbanas, pequeñas ciudades) con funciones distintas, que crecen y forman una red urbana discontinua, pero sin fracturas importantes.

3.4.- Las últimas tendencias urbanas en los países desarrollados

La crisis económica de mediados de los 70’ y la posterior reestructuración económica han tenido importantes efectos sobre el modelo territorial urbano de los países desarrollados, suponiendo, en parte, la quiebra del modelo de concentración de la población y de los recursos en las grandes aglomeraciones urbanas. Manuel CASTELLS ha puesto de manifiesto la existencia de cuatro rasgos fundamentales:
· la reestructuración urbana en un proceso de escala regional; esto es, hay un cambio de sentido de los procesos de concentración de la actividad económica, la población y los recursos, que no siguen la ley que parecía inmutable de que siempre las regiones más desarrolladas acumulan tasas de crecimiento mayores
· un descenso en la tasa de crecimiento metropolitano, que a veces puede llegar a ser negativa
· el crecimiento de las ciudades medias
· el crecimiento de áreas rurales, si bien con disminución paralela de las actividades agrícolas

Esta situación pone de manifiesto que han cambiado en parte las tendencias territoriales que dominaron la época de la industrialización. Así, se corta el largo proceso de acumulación y concentración de la población en torno a las mayores aglomeraciones urbanas (a modo de ejemplo, el municipio que mayor crecimiento demográfico tuvo en España entre 1981 y 2001 fue Fuenlabrada, mientras los mayores descensos de población se dieron en Madrid y Barcelona, según las fuentes censales del INE). Las causas de este fenómeno habría que buscarlas en un cambio en el descenso de los efectos positivos de las economías de concentración y polarización como consecuencia de la reorganización de la actividad productiva marcada en buena medida por la globalización. Si el sector industrial fue uno de los sectores clave de las ciudades de los países desarrollados, en la actualidad asistimos a un proceso descentralizador de la industria (deslocalización), que se dirige a la periferia de las grandes ciudades, hacia ciudades medias del mismo país, e incluso hacia otros países. Las causas hay que buscarlas en varios factores productivos, como la elevación del precio de la energía y materias primas, el aumento de los costes directos (salarios) e indirectos (prestaciones sociales) del trabajo, la presión fiscal a las empresas, el aumento de la competencia en ciertas ramas, debido al acceso a la tecnología de otros países, el abaratamiento de los transportes, la facilidad de las comunicaciones...
En relación a la población, tiende cada vez más a abandonar las grandes ciudades debido al precio de las viviendas, a la búsqueda de la mejora de la calidad de vida, vuelta a los lugares de origen de la población jubilada...

Con todo, este marco no tiene por qué ser considerado como negativo. La descentralización, la detención de los flujos migratorios y las inversiones en los espacios menos desarrollados pueden propiciar la articulación de un sistema urbano más equilibrado, dotado de ciudades medias de cierta vitalidad. Además, la difusión de las actividades productivas sobre el territorio y los procesos de descentralización pueden constituir un elemento de nivelación regional de las rentas, evitando la tradicional sangría de determinadas regiones, causada por el éxodo demográfico.


4.- LA CIUDAD EN LOS PAÍSES SUBDESARROLLADOS

Es difícil generalizar, ya que hay grandes diferencias entre ellas. Con todo, se puede establecer un marco general de diferencias con las de los países industrializados.
Uno de los fenómenos principales que las distinguen del mundo desarrollado es el elevado índice de crecimiento actual, consecuencia de la alta tasa de incremento de la población y del permanente aflujo de gente del campo y de las pequeñas ciudades a la gran ciudad. Este éxodo masivo ha sido debido más a la situación de indigencia extrema en el mundo rural que a la existencia de unas condiciones de vida urbana favorables. Cada vez existe menos gente que pueda vivir en régimen de autosubsistencia en el campo, por lo que acuden a la ciudad, donde se han convertido en una inmensa reserva de mano de obra subempleada. Pese a la nueva situación acaecida en el marco de la globalización, con la deslocalización de la producción, que está provocando que las industrias se estén trasladando a países como Taiwán, Corea del Sur o Singapur, debido a los bajísimos salarios que perciben los trabajadores sociales, está industrialización tardía no llega a absorber, en la mayoría de países subdesarrollados, los efectos del considerable crecimiento demográfico. Únicamente el sector servicios proporciona, de manera escasa, puestos de trabajo a una parte de su población, por lo que el paro alcanza tasas muy elevadas y la emigración al exterior es intensa.
El proceso de urbanización ha sido por tanto diferente en estos países. La urbanización no se ha producido de forma paralela al crecimiento económico, ligado a la industrialización. De hecho, lo que puede considerarse es que la urbanización es consecuencia del subdesarrollo.
Además, la concentración de la población en grandes (a veces enormes) ciudades no ha estado acompañada de una red urbana capaz de estructurar el espacio, sino que ha tenido lugar en un número limitado de ciudades primates o primaciales que reflejan la falta de articulación de las ciudades entre sí y su antigua dependencia respecto a las metrópolis coloniales.
El tipo de sociedad agraria donde se ha producido el proceso de urbanización explica el alto grado de marginalidad de amplias capas de población ubicada en la ciudad y la acusada segregación social existente en su interior. El contraste entre barrios lujosos y áreas de chabolas (favelas, bidonvilles, tugurios, ranchos, villas-miseria, slumps...) no hace sino reflejar la estructura social de la población de unos países caracterizados por la inconsistencia de sus clases medias.


5.- REPERCUSIONES AMBIENTALES Y SOCIOECONÓMICAS

A lo largo del tema hemos ido viendo como el fenómeno de la urbanización ha estado en expansión desde la Revolución Industrial, abarcando en la actualidad un extenso espacio del hábitat. La ciudad, considerada desde la revolución industrial como una manifestación del desarrollo y el bienestar, es un medio que en la actualidad tiene un considerable grado de deshumanización, al que hay que sumarle diversos inconvenientes ambientales y sociales, que vamos a estudiar conjuntamente por estar muy relacionados.

En términos generales puede señalarse que la ocupación del suelo por la ciudad lleva aparejados cambios importantes en el paisaje, en el mundo rural circundante y en la propia ciudad, ya que esta ocupación conlleva la edificación, la pavimentación, las canalizaciones de agua y alcantarillados..., que van introduciendo cada uno una serie de impactos. La edificación en las ciudades adquiere unas formas características por la utilización especulativa del suelo, siendo típicos los edificios elevados. En relación con la disposición y forma de los edificios, se han hecho diversas consideraciones. A nivel humano se ha deducido que pueden llegar a crear ambientes opresivos que afectan psíquicamente al hombre y a las relaciones humanas. Desde un punto de vista físico, las edificaciones hacen variar las condiciones de la radiación solar por la modificación de las superficies. Además, las características de densidad de las casas, su altura y su anchura y disposición de las calles suponen importantes condicionantes en relación con la acumulación o dispersión de la contaminación. La pavimentación que recubre el suelo natural modifica espectacularmente las condiciones de humedad, infiltración, escorrentía y evapotranspiración, las cuales intervienen, a su vez, en las modificaciones climáticas del medio urbano. Por otra parte, la infraestructura que comprenden determinados edificios, como son las calefacciones o el aire acondicionado, constituyen importantes fuentes de calor y de contaminación.
Con todo ello, el medio ambiente atmosférico de la ciudad se ve modificado, manifestándose en la creación de un microclima y de un alto nivel de contaminación (y no sólo del aire, sino también de las aguas, del suelo, acústica...). La alta contaminación del aire deriva fundamentalmente del elevado número de focos contaminantes que suponen calefacciones, vehículos e industrias. Pero además, las grandes ciudades crean problemas de congestión de la población, cuyos vertidos son muy superiores a los que el medio es capaz de evacuar, provocando una elevada contaminación del ambiente, manifestado a todos los niveles: un aire cada vez más contaminado, un agua cada vez menos potable, un incremento del ruido, un paisaje cada vez más deteriorado...
El impacto de todos estos hechos se manifiesta a todos los niveles, y a ello hay que sumarle la proliferación de infraestructuras, que, por la propia presión sobre el suelo y el precio de éste, lleva a la desaparición de bulevares, plazas, jardines... y a su sustitución por calles destinadas al tráfico o nuevas edificaciones.
Junto a estos aspectos, preferentemente ambientales, pero que también influyen directamente en el hombre, habría que añadir las diferencias entre unas zonas de la ciudad y otras, con la existencia de acumulaciones de vertidos, deficiencia de equipamientos y asfaltado de calles... en zonas marginales. También habría que añadir el impacto directo sobre las personas, que se manifiestan en situaciones de stress, en el estado anímico y social del individuo, que se ve afectado por el medio social en que se desenvuelve. La criminología ha demostrado la correlación entre la conducta humana y el urbanismo: los índices de criminalidad son más altos en las grandes ciudades, y su índice promedio aumenta progresivamente en relación con el tamaño de la ciudad. El establecimiento de ghettos en las ciudades es un campo abonado para que se desarrollen toda una serie de problemas sociales que llevan a situaciones de marginación, miseria y delincuencia. Para completar, sería necesario referirse a los problemas de vivienda, al desempleo, al aislamiento, al desarraigo... que son también focos de marginación en los que proliferan el alcoholismo, drogadicción, prostitución, delincue
[1] Libro de 2º de Bachillerato de Anaya (2003), p. 308.
[2] ESTÉBANEZ, José, Las ciudades en el mundo, Madrid, Historia 16 (Cuadernos del Mundo Actual, nº 9), 1993, p. 8.
[3] TAYLOR y FLINT, p. 360.
[4] Idem.
[5] Ver en Doc. 1.
[6] Ver Doc. 2.
[7] Docs. 3 y 4.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/uned/uned-redes-urbanas-18-03-11/1048588/

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